Álvaro Arce
Examen Final de Taller de Crónicas y Entrevistas
Espía atrapa espía
El viernes 30 de octubre pasado Víctor Ariza Mendoza, técnico de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), se alistaba para almorzar con tres amigos en un restaurante de Jesús María. Tres años atrás había sido calificado de sospechoso de bridar información confidencial a Chile, por lo que el Departamento de Contrainteligencia de dicha institución designó a dos comandantes y un capitán para llevar a cabo un seguimiento y acumular pruebas contra él. Aquella tarde se le presentaba como una cuchipanda más entre camaradas, nunca imaginó que la factura no se la iban a pasar los ya despachados manjares de nuestra comida norteña, y sí un descuido suyo que los agentes propiciaron.
Un día cualquiera del 2007 Ariza recibió la llamada de un supuesto capitán de la FAP que le pedía reunirse, sin mayores explicaciones, y lo antes posible, en un parque de la avenida Del Ejército. La reunión se pactó para ese mismo día. A petición de la voz anónima Ariza acudió en cuestión de minutos, bajo una angustiosa incertidumbre, sin compañía alguna y vestido de civil. Siguiendo al pie de la letra sus indicaciones, —pero recomponiéndose con cada bocanada de aire de la turbación que, sin saberlo, empezaba a delatarlo— llegó hasta el punto de encuentro preestablecido.
No hizo falta que buscara a su entrevistador entre la muchedumbre, ni mucho menos que intentara distinguir algún rostro familiar apelando a su trayectoria en el ámbito militar. Casi y no le dio tiempo siquiera para corresponder el saludo. Ese hombre, de fugaz apretón de manos, tenía a Ariza identificado de antemano, y ahora se dedicaba, sin rodeos, a ponerlo en jaque con cada una de sus acusaciones.
El técnico FAP ensayó varios contraargumentos para negar las imputaciones de las que era blanco. Y aunque las pruebas que esgrimía el súbito delator no se le aparecían convincentes, la incriminación de fondo era inobjetable: delitos de revelación de secreto nacional, participación en una red de espionaje y lavado de activos en agravio del Estado. Sin embargo, en vista de que su interés pasaba por lucrar fungiendo de coadyuvante en la transacción de documentos confidenciales, Ariza le ofreció dinero a cambio de su complicidad. En vez de suspender vínculos con el informante descubierto el operado chileno, artífice de este macabro negocio, aprobó la decisión. Gravísimo error.
Su pecado esa tarde de viernes en el restaurante de comida norteña no fue la gula, sino haber mordido el anzuelo que unos hábiles “detectives” castrenses le colocaron tres años antes. Ante la mirada atónita de amigos y comensales, Ariza fue detenido por el capitán y los comandantes que lo desvelaron en el parque. Los roles se invirtieron aquel día: el espía había sido atrapado por otros espías. Unos legales y benefactores, claro está.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Espía atrapa espía
El viernes 30 de octubre pasado Víctor Ariza Mendoza, técnico de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), se alistaba para almorzar con tres amigos en un restaurante de Jesús María. Tres años atrás había sido calificado de sospechoso de bridar información confidencial a Chile, por lo que el Departamento de Contrainteligencia de dicha institución designó a dos comandantes y un capitán para llevar a cabo un seguimiento y acumular pruebas contra él. Aquella tarde se le presentaba como una cuchipanda más entre camaradas, nunca imaginó que la factura no se la iban a pasar los ya despachados manjares de nuestra comida norteña, sino un descuido suyo que los agentes propiciaron.
Un día cualquiera del 2007 Ariza recibió la llamada de un supuesto capitán de la FAP que le pedía reunirse, sin mayores explicaciones, y lo antes posible, en un parque de la avenida Del Ejército. La reunión se pactó para ese mismo día. A petición de la voz anónima Ariza acudió en cuestión de minutos, bajo una angustiosa incertidumbre, sin compañía alguna y vestido de civil. Siguiendo al pie de la letra sus indicaciones, —pero recomponiéndose con cada bocanada de aire de la turbación que, sin saberlo, empezaba a delatarlo— llegó hasta el punto de encuentro preestablecido.
No hizo falta que buscara a su entrevistador entre la muchedumbre, ni mucho menos que intentara distinguir algún rostro familiar apelando a su trayectoria en el ámbito militar. Casi y no le dio tiempo siquiera para corresponder el saludo. Ese hombre, de fugaz apretón de manos, tenía a Ariza identificado de antemano, y ahora se dedicaba, sin rodeos, a ponerlo en jaque con cada una de sus acusaciones.
El técnico FAP ensayó varios contraargumentos para negar las imputaciones de las que era blanco. Y aunque las pruebas que esgrimía el súbito delator no se le aparecían convincentes, la incriminación de fondo era inobjetable: delitos de revelación de secreto nacional, participación en una red de espionaje y lavado de activos en agravio del Estado. Sin embargo, en vista de que su interés pasaba por lucrar fungiendo de coadyuvante en la transacción de documentos confidenciales, Ariza le ofreció dinero a cambio de su complicidad. En vez de suspender vínculos con el informante descubierto el operado chileno, artífice de este macabro negocio, aprobó la decisión. Gravísimo error.
Su pecado esa tarde de viernes en el restaurante de comida norteña no fue la gula. Fue haber mordido el anzuelo que unos hábiles “detectives” castrenses le colocaron tres años antes. Los roles se invirtieron aquel día: el espía había sido atrapado por otros espías. Unos legales y benefactores, claro está.
Un día cualquiera del 2007 Ariza recibió la llamada de un supuesto capitán de la FAP que le pedía reunirse, sin mayores explicaciones, y lo antes posible, en un parque de la avenida Del Ejército. La reunión se pactó para ese mismo día. A petición de la voz anónima Ariza acudió en cuestión de minutos, bajo una angustiosa incertidumbre, sin compañía alguna y vestido de civil. Siguiendo al pie de la letra sus indicaciones, —pero recomponiéndose con cada bocanada de aire de la turbación que, sin saberlo, empezaba a delatarlo— llegó hasta el punto de encuentro preestablecido.
No hizo falta que buscara a su entrevistador entre la muchedumbre, ni mucho menos que intentara distinguir algún rostro familiar apelando a su trayectoria en el ámbito militar. Casi y no le dio tiempo siquiera para corresponder el saludo. Ese hombre, de fugaz apretón de manos, tenía a Ariza identificado de antemano, y ahora se dedicaba, sin rodeos, a ponerlo en jaque con cada una de sus acusaciones.
El técnico FAP ensayó varios contraargumentos para negar las imputaciones de las que era blanco. Y aunque las pruebas que esgrimía el súbito delator no se le aparecían convincentes, la incriminación de fondo era inobjetable: delitos de revelación de secreto nacional, participación en una red de espionaje y lavado de activos en agravio del Estado. Sin embargo, en vista de que su interés pasaba por lucrar fungiendo de coadyuvante en la transacción de documentos confidenciales, Ariza le ofreció dinero a cambio de su complicidad. En vez de suspender vínculos con el informante descubierto el operado chileno, artífice de este macabro negocio, aprobó la decisión. Gravísimo error.
Su pecado esa tarde de viernes en el restaurante de comida norteña no fue la gula. Fue haber mordido el anzuelo que unos hábiles “detectives” castrenses le colocaron tres años antes. Los roles se invirtieron aquel día: el espía había sido atrapado por otros espías. Unos legales y benefactores, claro está.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Partido disparejo

Cuántos disparos habrá tenido que atajar Robert Enke para adueñarse del puesto bajo los tres palos de la selección alemana. Cuántos bombazos bien amortiguados de los delanteros “top” europeos, cuántos centros ponzoñosos que interceptó a tiempo y qué sobre su prolijidad para armar barreras impenetrables. Y sin embargo hubo algo que no supo contener, un hecho que terminó por vencerlo con la fuerza arrasadora de un tren.
Corría el año 2006, Enke no había debutado aún en la selección de su país, a pesar de que en su palmarés se distinguían clubes prestigiosos donde había jugado, como el Barcelona y el Bayern Munich, y datos estadísticos a su favor. Pero nada de eso le importaba, todos estos antecedentes, en potencia, lucrativos para su carrera futbolística no ocupaban ni un milímetro de espacio en su cabeza. Su hasta entonces única hija de dos años fallecía de una grave enfermedad cardíaca y esto lo sumiría en una depresión irreversible.
Todo parecía hacérsele cuesta arriba pero él encontró, o así pareció, la manera de superar la tragedia. A la par que se consolidaba y pagaba con creces su contratación en el Hannover 96, atraía la mirada del entonces director técnico de la selección teutona, Jurgen Klinsman, que por fin decidió convocarlo al año siguiente.
Enke daba la impresión de haber aprovechado esa dosis inexplicable de vigor que deja la muerte de un ser querido en uno si es bien asimilada, pero desgraciadamente no fue así. Quien manejó, primero, hasta la estación y luego se dejara caer a los rieles del ferrocarril no fue él. En su cuerpo convivían la pena con el amor inconcluso, la rabia con la fustración y la vacuedad de sus triunfos deportivos con la desesperanza. Todo resto humano de superación, anhelo y optimismo se habia evaporado.
La muerte de su hija fue un gol en contra del que jamás se repuso. Uno por el que ahora lloran sus compañeros, por el que las tribunas están de luto y por el que su equipo saldrá a la cancha, para siempre, con diez jugadores.
Cuántos disparos habrá tenido que atajar Robert Enke para adueñarse del puesto bajo los tres palos de la selección alemana. Cuántos bombazos bien amortiguados de los delanteros “top” europeos, cuántos centros ponzoñosos que cortó a tiempo y qué sobre su prolijidad para armar barreras impenetrables. Y sin embargo hubo una noticia que no supo contener, un hecho que terminó por vencerlo con la fuerza arrasadora de un tren.
Corría el año 2006, Enke no había debutado aún en la selección de su país, a pesar de que en su palmarés se distinguían clubes prestigiosos donde había jugado, como el Barcelona y el Bayern Munich, y datos estadísticos a su favor. Pero nada de eso le importaba, todos estos antecedentes, en potencia, lucrativos para su carrera futbolística no ocupaban ni un milímetro de espacio en su cabeza. Su hasta entonces única hija de dos años fallecía de una grave enfermedad cardíaca y esto lo sumiría en una depresión irreversible.
Todo parecía hacérsele cuesta arriba pero él encontró, o así pareció, la manera de superar la tragedia. A la par que se consolidaba y pagaba con creces su contratación en el Hannover 96, atraía la mirada del entonces director técnico de la selección teutona, Jurgen Klinsman, que por fin decidió convocarlo al año siguiente.
Enke daba la impresión de haber aprovechado esa dosis inexplicable de vigor que deja la muerte de un ser querido en uno si es bien asimilada, pero lamentablemente no fue así.
Corría el año 2006, Enke no había debutado aún en la selección de su país, a pesar de que en su palmarés se distinguían clubes prestigiosos donde había jugado, como el Barcelona y el Bayern Munich, y datos estadísticos a su favor. Pero nada de eso le importaba, todos estos antecedentes, en potencia, lucrativos para su carrera futbolística no ocupaban ni un milímetro de espacio en su cabeza. Su hasta entonces única hija de dos años fallecía de una grave enfermedad cardíaca y esto lo sumiría en una depresión irreversible.
Todo parecía hacérsele cuesta arriba pero él encontró, o así pareció, la manera de superar la tragedia. A la par que se consolidaba y pagaba con creces su contratación en el Hannover 96, atraía la mirada del entonces director técnico de la selección teutona, Jurgen Klinsman, que por fin decidió convocarlo al año siguiente.
Enke daba la impresión de haber aprovechado esa dosis inexplicable de vigor que deja la muerte de un ser querido en uno si es bien asimilada, pero lamentablemente no fue así.
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