
Cuántos disparos habrá tenido que atajar Robert Enke para adueñarse del puesto bajo los tres palos de la selección alemana. Cuántos bombazos bien amortiguados de los delanteros “top” europeos, cuántos centros ponzoñosos que interceptó a tiempo y qué sobre su prolijidad para armar barreras impenetrables. Y sin embargo hubo algo que no supo contener, un hecho que terminó por vencerlo con la fuerza arrasadora de un tren.
Corría el año 2006, Enke no había debutado aún en la selección de su país, a pesar de que en su palmarés se distinguían clubes prestigiosos donde había jugado, como el Barcelona y el Bayern Munich, y datos estadísticos a su favor. Pero nada de eso le importaba, todos estos antecedentes, en potencia, lucrativos para su carrera futbolística no ocupaban ni un milímetro de espacio en su cabeza. Su hasta entonces única hija de dos años fallecía de una grave enfermedad cardíaca y esto lo sumiría en una depresión irreversible.
Todo parecía hacérsele cuesta arriba pero él encontró, o así pareció, la manera de superar la tragedia. A la par que se consolidaba y pagaba con creces su contratación en el Hannover 96, atraía la mirada del entonces director técnico de la selección teutona, Jurgen Klinsman, que por fin decidió convocarlo al año siguiente.
Enke daba la impresión de haber aprovechado esa dosis inexplicable de vigor que deja la muerte de un ser querido en uno si es bien asimilada, pero desgraciadamente no fue así. Quien manejó, primero, hasta la estación y luego se dejara caer a los rieles del ferrocarril no fue él. En su cuerpo convivían la pena con el amor inconcluso, la rabia con la fustración y la vacuedad de sus triunfos deportivos con la desesperanza. Todo resto humano de superación, anhelo y optimismo se habia evaporado.
La muerte de su hija fue un gol en contra del que jamás se repuso. Uno por el que ahora lloran sus compañeros, por el que las tribunas están de luto y por el que su equipo saldrá a la cancha, para siempre, con diez jugadores.
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