Negar que existe el racismo en el Perú sería incurrir en una de sus tantas manifestaciones. Lo he visto, lo he escuchado, lo he palpado cuando acariciaba la piel atezada de la mujer que jamás pensó encamarse con un alumno de la de Lima. Pero nunca dije nada al respecto. Y es quizás la forma en la que hemos aprendido a lidiar con esta lacra, la forma en la que preferimos volvernos cómplices antes que delatores.
Aquí el racismo funciona en todas direcciones. El blanco discrimina al cholo, el cholo repudia al negro, y el negro aborrece a todo aquel que lo mira con desdén. No es entonces un “derecho” racial a favor de los blancos, superiores e invencibles por antonomasia, sino que actúa también como asidero motivacional para las razas injustamente relegadas y oprimidas, el premio consuelo, la manera de sentirse por encima de otros. Un problema sin fin eminente, porque la preeminencia es una necesidad imperecedera de la única raza, la humana.
lunes, 17 de agosto de 2009
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