
Si bien Mario y Pedro Brescia fueron recibidos en el Palacio de la Moneda de Chile, el agasajo mereció un castillo de nombre más rimbombante y fastuoso que el del penique. Los US$555 millones que invirtió el grupo Brescia en la adquisición de la cementera chilena Lafarge, llevan impregnados, en cada uno de los billetes, la estampa del valor lucrativo incierto, pero convincente.
Al parecer, las maniobras temerarias han, y siguen, caracterizando a esta dinastía comercial de patriarcas escrupulosos. El costo oneroso de la primera incursión de un grupo empresarial peruano en territorio hostil, y en plena recesión, va de la mano con el levantamiento del hotel Westin Libertador en San Isidro, cuando el Perú aqueja una crisis turística. Con 33 pisos, será el edificio más alto del país y demandará una inversión de US$100 millones.
De entre sus fortalezas se pueden rescatar su meticulosa habilidad para visualizar potenciales negocios donde los demás intuyen pérdidas, el casi inquebrantable régimen de mutismo con el que se manejan y sus resoluciones salvavidas cuando concluyen que algo suyo no fructificará.
Por eso, ver a los hermanos Brescia en el mismísimo Salón Azul del Palacio de la Moneda en Chile deviene en orgullo y satisfacción. Porque esconde una ansiada reivindicación, porque estamos hasta el hartazgo de Sagas, Ripleys y Tottus, y porque no toleraremos que más de nuestros referentes comerciales emblemas se vistan con la camiseta de otra selección. Estamos, al fin, pagándoles con la misma moneda.
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