lunes, 14 de septiembre de 2009

Charles Bukowski: La mala vida de la buena muerte

Charles Bukowski es Hank Chinaski y Hank Chinaski es Charles Bukowski. Mientras que Bukowski apuntilla las teclas de su vieja máquina de escribir, presa de la indolencia y brillantez que se apoderan de su mente cuando está achispada por el alcohol, Hank busca desesperado, por encargo, una licorería para empatarse con su otro yo. Lógicamente, la encuentra, y por fin está listo para conversar.

Ambos son, además de borrachos empedernidos, fumadores compulsivos y misóginos a medias, cuando les conviene. Sus días transcurren entre caminatas errabundas, entrevistas de trabajo infructuosas, putas indómitas que ellos llaman novias y refriegas en bares de mala muerte.

Bukowski despotrica con Hank de la maldita vida que nunca lo pudo acoger, pero en el fondo sabe que es él quien la rechazó. Su forma de ser no tiene cabida en este mundo, y esto Hank se lo hace notar cada vez que puede, o le dejan, o se deja, como ahora: “Charles, hermano, cómo esperas pertenecer a un mundo que lucha por vivir, cuando tu persistes en vivir muriendo”.

De pronto Bukowski suelta una carcajada seguida de un tufo a sorna e irreverencia, despega las yemas de sus dedos de las erosionadas teclas y se aleja tambaleante del escritorio. Hoy se cansó rápido de oír a Hank, o quizás se aburrió de hacerlo hablar. Siempre es más fácil lidiar con esas pesadas cargas cuando se tiene donde depositarlas. A diferencia de las otras personas, que cuando lo logran se abocan a vivir, Charles se dedica a seguir libando, a seguir fumando, a seguir muriendo con dulzura.

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